Oscar Wilde. Una reflexión sobre los vínculos con narcisistas.

 

De Profundis, o alegato sobre la irresponsabilidad

 

“… el hombre está condenado a
ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo y, sin embargo, por otro lado,
libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. El
existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es
un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que por tanto es
una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión.” *

 

 

Había escuchado la opinión de que De Profundis de Oscar Wilde era “un descargo sobre un vínculo en el que él había sido la víctima de un narcisista, maltratador o psicópata”. Raro, pensé. Me encaramé sobre el texto luego de haber terminado por segunda vez La importancia de llamarse Ernesto, me había gustado su humor, hacía tiempo no leía a Wilde y fue un grato reencuentro. Vi la película en esos días también, sobre su vida. Wilde escribió De Profundis los últimos tres meses de los dos años que estuvo en la cárcel condenado a trabajos forzados por su condición de homosexual. Uno entra en el texto y casi hasta la mitad del mismo se encuentra con detalles del vínculo en cuestión en los que el tono que sobrevuela es de un quejumbroso reclamo. Aburre infinitamente. Seguí adelante porque me interesaba ver hacia dónde lo llevaba su reflexión y porque era Wilde claramente. Está escrito en forma de carta, era la única manera en la que le permitían escribir en la cárcel, cartas, y si no la concluía podía llevársela al salir. Está dirigida al hombre que fuera su amante y “culpable”, según cuenta, de su encierro. En todo De Profundis, que tiene pasajes brillantes sobre su comprensión del mundo, de su época, de la vida, del arte, del dolor como herramienta de aprendizaje, (hay incluso un ensayo sobre Jesús, en el que lo cataloga como al primer individualista), y también de los vínculos en general. Hay solamente un par de líneas en las que se hace responsable de lo que le ocurre. Yo lo permití –dice en alguna parte-. Tanto antes como después de hacerse cargo de su infausto destino y (que lo haga también después, resulta lo más sobresaliente), toda la culpa de su fatalidad parece tenerla su amante. Me extrañó su inocencia, tratándose de una mente tan dotada como la suya.

Hoy en día circulan por todas partes, sin pausa, consejos de cómo tratar con narcisistas o psicópatas, son descriptos como déspotas sin corazón que utilizan a sus “víctimas” (permítanme las comillas por ahora, luego las explicaré) cual objetos para lograr sus propósitos, que lo llenan a uno de culpas y así lo dejan atrapado en “su red”. Vuelvo a la inocencia para este caso también, o tal vez a la incidencia de una aplastante cultura binaria en la que nos conducen a pensar en términos de víctimas y verdugos y no acertamos a dar lugar a la complejidad que encarnamos como seres humanos, tanto individualmente como en los vínculos. En todo caso, Wilde, era anterior a estos conceptos, se consideraba a sí mismo y escribía desde el lugar de un alma bella y pura empapada de lo más profundo que encarna el arte, en la búsqueda de todo lo nuevo y del placer. Un hedonista que compartía en sus textos el júbilo por la vida. Era un hombre nacido en cuna privilegiada, de la alta sociedad londinense, disfrutó la gloria de la fama y terminó enfermo, hundido en la miseria y en soledad.

Culpa a su amante. En la película podemos ver claramente cómo éste, de ira explosiva, lo va arrinconando sin pausa en contra de lo que parecieran ser sus deseos, lo domina por completo. En la carta Wilde se describe a sí mismo como poseedor de un alma impoluta que cede a los caprichos de su amante por amor, que incluso cuando está con él su capacidad artística desaparece y se pregunta por qué no recibe a cambio afecto, cuidados, respeto, se pregunta, una vez que es encarcelado, el por qué del desapego de su amante, el cual no le escribe siquiera una línea en dos años, siendo quien lo empujó con geniales argumentos, muy difíciles de refutar, por cierto, incluso en contra del consejo de abogados contadores y toda gente de bien que rodeaba y amaba a Wilde, a un juicio que pierde y lo confina.

Hay más, Wilde, contra todo pronóstico para un hombre de su edad y condición, consigue no morir en la cárcel, aunque sale sumamente debilitado, y no sólo eso logra, sino que en el recorrido que hace su mente mientras escribe De Profundis cree haber entendido algo que antes le era ajeno. El dolor, que siente por vez primera, intuye que lo va a redimir, que incluso lo va a iluminar, que desde el dolor puede entender mejor su alma y por lo tanto el mundo y así en libertad volverá a escribir pudiendo conmover de un modo hasta entonces imposible para él. En la carta lo que más parece afectarle del trato que otrora le habría dado su amante es que lo hubiera reducido a un objeto, a una persona útil, es bueno recordar aquí que Wilde pierde casi toda su fortuna pagando los caprichos de Bosie, hoteles, viajes y comidas que nunca lo saciaban ni tampoco le proporcionaban felicidad perenne y las multas posteriores al juicio. Para Wilde, la condición de lo artístico suponía que toda creación fuera totalmente inútil, el artista debía ser alguien por completo vano. Él se consideraba la encarnación misma del arte literario de su época y no por soberbia, sino por constatación fáctica. Ser considerado y tratado como alguien útil, era la peor afrenta posible y así pagaba Bosie el amor de Wilde, según cuenta.

Bosie, (se ve perfectamente en la película y en su descripción en De Profundis), era capaz de un maltrato inhumano para con quién daba todo por él. Vuelvo a la información que no cesa de circular últimamente en internet sobre narcisistas y psicópatas. El amante coincidía con la descripción que se hace de los mismos. Se nos llena de consejos sobre formas de lidiar con estas personas cuya profunda esencia es la falta de conciencia moral. Según el psicoanálisis, cierta “falla” en la construcción del superyó que no hace de esto una enfermedad mental ni un trastorno sino simplemente un modo de ser. El extremo de este modo de ser, es el criminal, es decir, alguien que lleva hasta el límite de la ley su absoluta falta de conciencia moral, pero entre ese extremo y un superyó bien constituido la paleta de intensidades es infinita. No encontramos en ninguna parte una reflexión profunda sobre la naturaleza de las razones que nos llevan a vincularnos con personas de ese tipo, no se nos exhorta, desde esta información a la íntima pregunta del por qué nos atraen, por qué los dejamos entrar en nuestras vidas hasta un empecinamiento en el que pareciera ya no haber salida.

Lo que se propone Wilde en la reflexión que hace en De Profundis sobre el dolor no logra llevarlo a cabo. Cuando sale de la cárcel, se va a Francia, su esposa le envía dinero para sobrevivir, allí escribe su último texto. Había sido un padre no muy presente aunque sí amoroso, veía a sus hijos a través de una luz brillante, sobre todo al mayor, tenía dos varones. La condición que había puesto su esposa para que pudiera reencontrarse con sus hijos era que no volviera a ver a Bosie, pero Wilde lo va a buscar a Nápoles de todos modos (la película nos da una versión más benévola de esta porción de su historia, aunque todo lo demás coincide con el relato de De Profundis), pierde a sus hijos con tal de volver a estar con la persona a la que responsabiliza de haber terminado en la cárcel sin fortuna, sin gloria, sin su capacidad artística y sin familia. Pasan juntos tres meses, luego se separan y Wilde no tarda en morir, su esposa lo sigue manteniendo económicamente amén de cumplir su palabra de no dejarlo ver a sus hijos (es bueno recordar aquí que tanto ella como sus hijos se ven obligados a abandonar Londres y cambiar de apellido debido a la deshonra en la que se ven sumidos luego del juicio). Wilde, en su ceguera absoluta, a pesar del amor que les prodigaba, hace caso omiso de esta condición y los pierde.

Vuelven a mi mente los consejos sobre cómo tratar con estas personas. ¿No merece acaso alguna reflexión el irracional empecinamiento que se tiene con ellas? De Profundis funciona como un tratado sobre el tema. Wilde se pregunta una y otra vez sin respuesta cómo es posible que prodigándole tanto amor, aquel no pudiera valorarlo. Uno, a todas luces, no quiere creer en la existencia de personas “sin corazón”. Cuando le recrimina el haberlo transformado en alguien útil, está explicando el tipo de personalidad que tiene enfrente con absoluta claridad y tal parece deja tan pasmada a su mente, que la misma no consigue otro modo de lidiar con lo que comprende cabalmente sino negándolo, le pide que le escriba, que le escriba con alguna explicación de por qué nunca en dos años recibió de él alguna línea. A todas luces, una incongruencia, un despropósito, un deseo que salta por encima de la facticidad vincular de la que Bosie hacía gala y Wilde vislumbraba conscientemente. De este modo nos brinda la constatación cabal de la negación de la que es capaz una mente, incluso una tan brillante como la suya, con tal de no aceptar la insoslayable verdad de que sí, irremediablemente sí existen personas cuya conciencia moral se encuentra ausente.

Uno lee su carta y se pregunta cómo alguien que tocó la cima puede caer tan bajo, cómo alguien que está viendo tan taxativamente el maltrato y la cosificación que recibe a cambio de su devoción puede llevar las cosas hasta semejante final. Y si queremos respondernos con la información que circula, haremos lo mismo que Wilde, culparemos al narcisista o psicópata. No sé si me extraña que luego de los abisales océanos de tinta que han parido el existencialismo y el psicoanálisis, no circule información acerca de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros vínculos, sobre nuestras vidas. Ser adulto, encarna haber tomado las riendas de nuestra vida, haber hecho un trabajo en profundidad de autoconocimiento, del destino que nos propone el inconsciente para que nuestro Ser pueda surgir sobreponiéndose a este último y hacerse con el mundo desde el deseo. Digo que no sé si me extraña porque está claro y es lamentable que en esta Era los poderes económicos nos impelen a un pensamiento binario en el que la complejidad humana y por tanto vincular tiende a desaparecer por completo.

Desmenuzando el vínculo de Wilde con Bosie:

Wilde comienza su relación con Bosie desde la posición de mentor. Bosie escribía, era un joven estudiante de veintiún años, Wilde lo ayudaba, era un hombre grande (difieren los datos entre treinta y seis y cuarenta y seis años) y experimentado. En el juicio, Wilde explica que su vínculo con Bosie es un vínculo que “este siglo no está listo para comprender y aceptar”, y cita a los griegos, habla sobre la pureza absoluta que implicaba ese tipo de amor entre mentor y protegido, su alegato en pleno juicio es de una belleza inefable, en él se aprecia su sideral sensibilidad, mis respetos al actor. La historia de amor comienza con una jerarquía intrínseca, Wilde tiene poder sobre Bosie, Wilde es el que sabe, el que posee algo para dar. Bosie acepta la dádiva encantado, aunque sabe, que lo que él otorga a cambio es su juventud, su mirada actualizada del mundo, algo que Wilde apreciaba infinitamente y por eso sus jóvenes amantes fueron innumerables. Pero Bosie quiere más y más y más de todo ese poder que tiene Wilde y que él no, y no sólo desde lo literario, que jamás logrará tener, (hoy en día uno busca su nombre en internet y se encuentra con que era un poeta conocido por su vínculo con Wilde), también desde lo económico, (ya que Bosie era un muchacho viviendo con sus padres y recibiendo una mensualidad), desde las relaciones sociales, no olvidemos lo importante de las mismas en ese cerrado círculo de la aristocracia intelectual londinense.

No es Bosie quién corrompe a Wilde, es su propio poder el que lo hace, el que tiene sobre su amante, no hay una sola línea en De Profundis en la que Wilde reflexione sobre la naturaleza de su posición en el vínculo. Bosie lo amaba y lo odiaba de un segundo al otro, amaba todo lo que él representaba, lo deseaba, desde su mente narcisista o psicopática lo quería poseer, si, como un objeto, era su forma del deseo. El deseo, dice Lacan es el deseo del otro. Y a la vez lo quería destruir porque él no podía serlo ni tenerlo, nada de lo que era Wilde era posible en Bosie, nada. Para empezar Wilde crece amado y su amante, según el mismo Wilde, odiado por su padre y consentido por su madre que le teme a causa de la ira que expone ante cualquier situación en la que sus caprichos no fueran admitidos. Incluso Wilde llega a la vergonzante conclusión de que esa madre fue responsable también en su vínculo con su amante, ya que solía escribirle pidiéndole diferentes cosas en relación a su hijo, a las que él accedía “por cortesía”, mientras a un tiempo le pedía expresamente que no le informara sobre esas cartas.

Vuelvo al principio, la inocencia de Wilde es pasmosa. Mis respetos a su obra, estoy hablando del hombre. La inocencia, o conveniente negación de su poder que le permite victimizarse, en una mente tan brillante como la suya, me parece un gran ejemplo para interpelar la naturaleza de estos vínculos. No hay víctimas ni victimarios. Somos responsables de nuestras relaciones. Tal vez en el caso de Wilde (que me gustó especialmente porque se da entre dos varones y todas las salvedades de las cuestiones de violencia de género quedan por fuera de esta reflexión), sea muy obvio su poder. Pero en todo vínculo hay una relación de poder, al menos de Foucault para acá, no podemos ya negar esta realidad. De hecho el lugar de víctima encarna un lugar de poder. La víctima se posiciona en cierta medida en el lugar de la bondad, y hay que ver, volviendo a Wilde, lo inconmensurablemente bondadoso, tierno, amable y considerado que podía ser, mientras en el más absoluto silencio de su posición inocente y amorosa, dejaba a Bosie en el lugar de la maldad. Victimizarse es también un modo de manipulación que, retomando la información que circula, se le adjudica al narcisista o psicópata. Y es cierto, estas personas son ases a la hora de dar vuelta en su discurso los términos de la realidad  y quedar en la posición de víctima para lograr el consentimiento del otro a sus caprichos, rapidísimos además, y grandes seductores, pero falta información vital, y es el cómo, quien cede, lo hace con un propósito –inconsciente, claro está-, el de perpetuarse en ese poder que le proporciona la posibilidad de la dádiva constante, que además, le permite el acceso a regodearse en el goce de la queja. Batallones interminables de psicoanalistas describen la manera en que, el partenaire del narcisista o psicópata, se acerca al análisis con un discurso de insoslayable queja sobre un otro que lo domina y con el que “no puede”, escriben sobre el modo en que se escucha en esa queja un goce indiscutible, escriben cómo, es de la queja, de dónde sus inconscientes no desean salir en verdad. Baste leer la primera mitad de De Profundis y también partes del final, para verlo claramente, de ahí es que surge el aburrimiento que me permití expresar, escuchar o leer a alguien quejarse implica de suyo aburrimiento, uno está todo el tiempo preguntándose cuando es que esta persona va a tomar una decisión que la saque de la queja, ¡chapeau! ante los psicoanalistas y su infinita paciencia. Termina siendo entonces, un duelo de víctimas, ¿quién es más víctima que cuál? Yo respondería ninguno, bajen las armas, miren hacia dentro, somos responsables. Y si es que al narcisista no se le puede pedir autocrítica porque su condición lo vuelve incapaz de tal ejercicio, ¿a quién sino al que se esgrime como víctima indiscutida le cabe la responsabilidad de hacerlo y transformar al menos su posición sino la de ambos?

Culpar al narcisista o psicópata nos entrega de brazos abiertos y en caída libre a la repetición. Hay que mirar a la cara a la vileza, a la absoluta abyección, que encarna posicionarse como víctima siendo poseedores de un poder sobre un otro, y al verla, abrazar una ética tal, que nos permita dejar de elegirla. Wilde y Bosie duraron tres meses en el reencuentro, no parece haber mucha información sobre la naturaleza de esos días, pero imaginemos, ¿qué atractivo podía encarnar Wilde para Bosie sin todo ese poder que él amaba/deseaba para sí? ¿qué otra cosa podía hacer Wilde que buscar a Bosie al salir, si dos años de cárcel y trabajos forzados no le fueron suficientes para encontrarse con la corrupción absoluta de su alma en la que lo dejó ese poder que jamás pudo abandonar? Todo poder corrompe, por más pequeño que sea. Y acaso ¿no corrompía también y aún más profundamente Wilde a Bosie consintiendo sus caprichos hasta lo indecible?

Estamos condenados a elegir. Y, (sólo por las dudas) no elegir, es también una elección.

 

“…no hay ninguno de nuestros actos que,
al crear al hombre que queremos ser,
no cree al mismo tiempo
una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser.” *

 

 

Enero 2025

(*) Ambas citas corresponden a Jean Paul Sartre, del libro El existencialismo es un humanismo.

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